Canva despide al 22% de su plantilla y la IA vuelve a mostrar su costado más crudo: productividad para pocos, ajuste para muchos
La plataforma de diseño anunció una reestructuración que alcanza a 1.271 trabajadores y la justificó en el avance de la inteligencia artificial. Un debate que también interpela a la economía del conocimiento argentina.
La empresa australiana Canva, una de las plataformas de diseño más populares del mundo, anunció una reestructuración que afecta a 1.271 trabajadores, el 22% de su plantilla. La decisión fue comunicada por su CEO y cofundadora, Melanie Perkins, en una nota a los empleados. El proceso incluye despidos, cambios de funciones y traslados a sus centros principales; la compañía no precisó cuántas personas perderán definitivamente su empleo.
La justificación fue explícita: el impacto de la inteligencia artificial en la industria del software. Canva busca equipos más pequeños y autónomos, reducirá especializaciones de nicho y concentrará más equipos de producto en Sídney. Además, desde enero la mayoría de sus trabajadores híbridos deberá volver a la oficina entre dos y tres días por semana.
La IA no despide: despiden las empresas
El caso se suma a una ola global de recortes en el sector tecnológico presentados como consecuencia inevitable de la automatización. Pero conviene desarmar ese relato. La inteligencia artificial es una herramienta; quién se apropia de las ganancias de productividad que genera es una decisión económica y política. Cuando una empresa usa la tecnología para reducir costos laborales y mejorar su valuación de cara a una salida a bolsa —Canva llegó a valer 40.000 millones de dólares en 2021 y cayó a unos 26.000 millones en 2022—, lo que se automatiza no es solo una tarea: es una forma de distribuir el ingreso.
Las ganancias de productividad podrían traducirse en jornadas más cortas, mejores salarios o nuevos puestos. Hoy se traducen, mayoritariamente, en concentración de beneficios en manos de accionistas y en mayor precarización para quienes trabajan.
El espejo argentino
La noticia tiene ecos locales. La economía del conocimiento es uno de los sectores que más divisas genera en la Argentina, y emplea a miles de profesionales que trabajan para empresas del exterior, muchas veces sin convenio, sin sindicato y con contratos que los dejan sin protección ante cualquier reestructuración. El reciente caso de los trabajadores de ITTI, que quedaron sin cobrar tras el colapso de Ueno Bank, mostró hasta qué punto ese modelo es frágil.
Un proyecto nacional de desarrollo tecnológico no puede limitarse a exportar horas de trabajo calificado al mejor postor. Necesita regulación laboral para las nuevas formas de empleo, inversión pública en ciencia y tecnología, y un debate serio sobre cómo se reparten los frutos de la automatización. De lo contrario, la revolución de la IA será, otra vez, una revolución para pocos.
Con información de Infobae.
