Starlink va por las telefónicas: el poder de Musk ya no está en el cielo sino en el bolsillo
SpaceX construirá su propia red móvil satelital para competir con las grandes operadoras. Para países como la Argentina, la pregunta es quién controla la infraestructura de las comunicaciones.
Starlink, la división satelital de SpaceX, dio un paso que redefine el negocio de las telecomunicaciones. El 8 de octubre la compañía confirmó que construirá su propia red móvil para competir directamente con las grandes operadoras. La autoridad regulatoria estadounidense, la FCC, aprobó el despliegue de hasta 15.000 satélites para ofrecer voz y datos directamente a los teléfonos celulares.
La empresa supera los 12 millones de suscriptores individuales y ya tiene acuerdos con operadores como T-Mobile para conectar satélites a celulares. El plan incluye además femtoceldas en las antenas residenciales y antenas móviles terrestres. Para asegurarse el espectro necesario, SpaceX pagó 19.600 millones de dólares a EchoStar en 2025 y se rumorea una nueva compra por unos 8.000 millones. Tras el anuncio, las acciones de T-Mobile, AT&T y Verizon cayeron, y las tres operadoras crearon una empresa conjunta para compartir espectro.
Infraestructura crítica en manos privadas
Más allá de la competencia corporativa, el movimiento plantea una cuestión de fondo: el control de la infraestructura de comunicaciones del siglo XXI. Una sola empresa, propiedad de uno de los hombres más ricos del planeta y con vínculos estrechos con el poder político de Estados Unidos, podría pasar a intermediar no solo el acceso a internet en zonas remotas sino también la telefonía móvil de millones de personas.
Para la Argentina el debate no es abstracto. El país desarrolló durante décadas capacidades propias en materia satelital a través de ARSAT, INVAP y la CONAE, con satélites geoestacionarios diseñados y construidos en el país. Esa política, que permitió llevar conectividad a regiones donde el mercado no llegaba, fue debilitada en los últimos años mientras se abrían las puertas a operadores extranjeros sin exigencias de inversión local ni transferencia tecnológica.
Conectividad como derecho
Los analistas dudan de que los usuarios estén dispuestos a pagar mucho por el servicio satelital: según T-Mobile, representó apenas el 0,0002% del uso de su red. Pero la apuesta de Musk es de largo plazo: la directora de SpaceX, Gwynne Shotwell, sostiene que los vehículos autónomos y los robots multiplicarán la demanda de conectividad.
En ese futuro, la soberanía tecnológica será tan decisiva como lo fue la energética en el siglo pasado. Un país que renuncia a desarrollar y controlar su propia infraestructura de comunicaciones acepta que las reglas, los precios y hasta la posibilidad de desconexión se decidan en otra parte. La conectividad es un derecho, y los derechos necesitan un Estado capaz de garantizarlos.
Con información de La Nación (The Economist).
