Inteligencia artificial y democracia: casi 4 de cada 10 respuestas de chatbots sobre elecciones tenían errores

Un estudio realizado en Estados Unidos encontró fallas factuales en las respuestas de los principales asistentes de IA. La concentración de la información en pocas corporaciones tecnológicas abre un debate sobre soberanía digital.

Inteligencia artificial y democracia: casi 4 de cada 10 respuestas de chatbots sobre elecciones tenían errores
Mano robótica tocando una red digital

Millones de personas ya consultan a la inteligencia artificial antes de votar. El problema es que muchas veces reciben información equivocada. Un estudio de la empresa Forum AI, difundido por AFP y publicado por Infobae, analizó ocho modelos de chatbots durante las elecciones legislativas estadounidenses del 3 de noviembre y encontró que casi el 40% de sus respuestas contenía al menos un error factual.

Los fallos más frecuentes aparecieron en cuestiones prácticas de votación, como plazos y procedimientos. En un caso, un asistente informó un plazo para el voto por correo en Pensilvania que ya había vencido una semana antes. En otro, se atribuyó a un legislador un cargo que correspondía a otra persona. Un segundo relevamiento, de la organización Innovating for the Public Good, detectó errores claros en el 5,1% de las respuestas e información desactualizada en el 13,9%. Los resultados varían entre modelos y los propios estudios advierten límites metodológicos.

El dato social es contundente: según AFP, dos de cada cinco estadounidenses usaron IA para informarse sobre las elecciones, aunque solo el 40% confía en ella.

El tema trasciende a Estados Unidos. Los sistemas de inteligencia artificial que median cada vez más el acceso a la información pertenecen a un puñado de corporaciones, casi todas norteamericanas, cuyos algoritmos no son auditables por los Estados ni por la ciudadanía. Cuando esas herramientas se equivocan sobre algo tan elemental como cómo y cuándo votar, el riesgo para la calidad democrática es evidente.

La Argentina, con elecciones presidenciales en 2027, no está al margen. Sin regulación, sin organismos públicos con capacidad técnica de control y con un sistema científico desfinanciado, el país queda expuesto a que la información electoral circule a través de plataformas sobre las que no tiene ninguna incidencia.

La soberanía tecnológica no implica rechazar la innovación, sino discutir quién la controla y con qué reglas. Exigir transparencia algorítmica, fortalecer la educación digital y desarrollar capacidades públicas propias en inteligencia artificial son condiciones para que la tecnología amplíe la democracia en lugar de debilitarla. Dejar ese terreno librado al mercado equivale a ceder una parte de la soberanía popular.