El modelo de la "motosierra" no perdona: La multinacional que produce Corona amenaza con dejar a cientos de familias en la calle por el desplome del consumo.

La brutal recesión inducida por el plan económico del gobierno nacional muestra su cara más cruel. Cervecería y Maltería Quilmes, gigante controlado por capitales globales, planea un recorte draconiano de personal en su planta de Corona. No es una crisis de producción, es la consecuencia directa de haber pulverizado el salario de los trabajadores y dinamitado el mercado interno.

El modelo de la "motosierra" no perdona: La multinacional que produce Corona amenaza con dejar a cientos de familias en la calle por el desplome del consumo.
El modelo de la "motosierra" no perdona.

La brutal recesión inducida por el plan económico del gobierno nacional muestra su cara más cruel. Cervecería y Maltería Quilmes, gigante controlado por capitales globales, planea un recorte draconiano de personal en su planta de Corona. No es una crisis de producción, es la consecuencia directa de haber pulverizado el salario de los trabajadores y dinamitado el mercado interno.

La crónica de un desastre anunciado suma un nuevo capítulo dramático en el corazón industrial de la Argentina. Lo que las planillas de Excel de los funcionarios en Balcarce 50 celebran como "enfriamiento de la economía" para bajar la inflación, en la realidad efectiva de los hogares trabajadores se traduce en telegramas de despido y angustia social. Esta vez, el golpe llega a una de las naves insignias del consumo masivo: la planta donde se produce la cerveza Corona.

Según trascendió en las últimas horas, Cervecería y Maltería Quilmes —brazo local del coloso multinacional AB InBev— estaría diseñando un plan de "adecuación" que implicaría la reducción de casi la mitad de la plantilla en la línea de producción de esta marca premium.

El crimen perfecto: destruir el salario para matar el consumo

La justificación esgrimida por la empresa es una verdad de Perogrullo que esconde la raíz política del problema: una caída vertical en el consumo. Desde la perspectiva del campo nacional y popular, debemos ser claros: la gente no dejó de comprar cerveza porque cambió de gusto, dejó de comprar porque el plan de ajuste brutal del gobierno libertario ha demolido el poder adquisitivo del salario.

Cuando la clase trabajadora y la clase media destinan casi la totalidad de sus ingresos a pagar tarifas dolarizadas, alquileres desregulados y alimentos a precios internacionales, el consumo de productos como la cerveza se vuelve un lujo inalcanzable. Este es el resultado inevitable del modelo neoliberal: la primarización de la economía y la destrucción del mercado interno, que históricamente fue el motor del desarrollo y la movilidad social ascendente en la Argentina peronista.

La multinacional ajusta, el trabajador paga

Resulta indignante, aunque previsible, que ante la primera señal de retracción en sus márgenes de ganancia extraordinarios, una multinacional con espaldas financieras gigantescas como AB InBev decida que la variable de ajuste sean los puestos de trabajo argentinos.

No estamos hablando de una PyME asfixiada que lucha por sobrevivir; hablamos de un actor global que, amparado en un clima de época político que desprecia los derechos laborales y celebra la "flexibilización", opta por el camino fácil del desguace de su capital humano. Es la lógica del capital concentrado: privatizar las ganancias en las épocas de bonanza (muchas veces subsidiadas por el Estado nacional) y socializar las pérdidas mediante el desempleo en las épocas de crisis.

Alerta gremial y defensa de la industria

Este intento de despido masivo no es un hecho aislado. Es un síntoma alarmante de una desindustrialización en marcha que recuerda a los peores momentos de los años 90 o del macrismo.

Frente a este escenario, el movimiento obrero organizado y las fuerzas políticas del campo popular deben declararse en estado de alerta y movilización. No se puede permitir que la crisis generada por un modelo económico de exclusión la paguen, una vez más, las familias trabajadoras. La defensa de cada puesto de trabajo industrial es hoy una trinchera fundamental en la lucha por la soberanía nacional y la justicia social. El Estado no puede ser un mero espectador cómplice mientras se desmantela el tejido productivo del país.