Soberanía alimentaria en jaque: El modelo de Milei empuja al abismo a la principal avícola del país para favorecer el negocio importador
Mientras el gobierno nacional celebra el "superávit" financiero sobre las tumbas de la industria, el frigorífico Soychú —que sostiene miles de puestos de trabajo genuino— se desangra ante la competencia desleal del pollo brasileño. No es ineficiencia; es un plan de desguace nacional.
Mientras el gobierno nacional celebra el "superávit" financiero sobre las tumbas de la industria, el frigorífico Soychú —que sostiene miles de puestos de trabajo genuino— se desangra ante la competencia desleal del pollo brasileño. No es ineficiencia; es un plan de desguace nacional.
La crueldad del modelo económico de Javier Milei ha sumado una nueva víctima estratégica: la industria avícola nacional. Soychú, el gigante del sector y un pilar fundamental de la economía regional en Entre Ríos y Buenos Aires, se encuentra hoy en estado de alerta máxima, al borde del colapso productivo. La causa no es el azar del mercado, sino una decisión política deliberada: la apertura indiscriminada de importaciones que permite el ingreso de pollo brasileño subsidiado, mientras se asfixia a los productores locales con tarifazos y una caída estrepitosa del consumo interno.
El ataque al trabajo argentino
El drama de Soychú no se mide solo en balances contables, sino en la angustia de más de 3.000 familias trabajadoras que ven amenazado su sustento. Desde sus plantas en Arrecifes, Salto y Gualeguay, la empresa representa ese "país real" que el anarcocapitalismo prefiere ignorar.
La ecuación del "ajuste más grande de la historia" es letal para el valor agregado: por un lado, el gobierno facilita el ingreso de productos del exterior que compiten en condiciones desiguales; por otro, los costos fijos —especialmente la energía eléctrica y el gas, dolarizados por la desregulación de la "casta" empresarial amiga del poder— han vuelto inviable la producción nacional.
Competencia desleal y desindustrialización
Desde los gremios y sectores productivos advierten lo que el oficialismo calla: Brasil, el principal exportador mundial de pollos, opera con costos de producción menores y una política estatal de incentivos que Argentina ha decidido dinamitar en nombre de una "libertad" que solo beneficia a los importadores de la Capital Federal.
"Estamos ante una transferencia de recursos brutal", señalan delegados de la planta. "Mientras acá nos piden sacrificios, el gobierno le regala nuestro mercado interno a las multinacionales extranjeras. No están bajando la inflación, están destruyendo el trabajo argentino para que dependamos de lo que viene de afuera".
La Patria no se vende, el plato de comida tampoco
Este escenario no es nuevo para el pueblo peronista. Es la reedición del recetario de Martínez de Hoz y de los años 90: destruir la industria nacional para convertir al país en una factoría de materias primas sin gente adentro.
La crisis de Soychú es un síntoma de un mal mayor: la pérdida de la soberanía alimentaria. Cuando cierran los frigoríficos y las granjas, la Argentina pierde la capacidad de alimentar a su propio pueblo con precios justos y producción propia, quedando a merced de la volatilidad del dólar y el humor de los mercados externos.
La resistencia de los trabajadores y la intervención del Estado en favor de los humildes y de quienes producen es la única salida. Si el gobierno no abandona su dogmatismo ciego y no pone un freno a la invasión de productos importados, el "progreso" que prometen será solo el silencio de las fábricas vacías y el hambre de miles de argentinos que hoy ven cómo su esfuerzo se remata en el altar del libre mercado.
