Entre la fantasía financiera y el abismo social: un plan que no cierra
El experimento libertario atraviesa sus horas más críticas. Lo que el oficialismo vende como un "momento dorado", basado en una pax cambiaria ficticia y el beneplácito de los mercados, choca frontalmente con una realidad material que Ignacio Fidanza describe como un escenario donde "nada marcha de acuerdo al plan". La interna entre Luis Caputo y Federico Sturzenegger no es solo un choque de egos: es la evidencia de un modelo que, al carecer de planificación productiva, empieza a devorar sus propios cimientos.
La estrategia de Caputo, consistente en pisar el tipo de cambio y abrir indiscriminadamente las importaciones, ha tenido un costo previsible para cualquier análisis situado en la soberanía nacional: la destrucción sistemática del entramado PyME y la pérdida de competitividad. Lejos de ser un "error de cálculo", se trata de una transferencia de recursos planificada desde los sectores del trabajo hacia el capital financiero. Sin embargo, incluso bajo los términos del mercado, el plan flaquea: la inflación no cede al ritmo prometido, la inversión extranjera es inexistente y las multinacionales inician su retirada ante la ausencia de infraestructura y mercado interno.
La gravedad del cuadro social es tal que incluso sectores históricamente alineados con el pensamiento liberal, como la Bolsa de Comercio de Córdoba o la Amcham, han comenzado a manifestar su preocupación. El pedido de "contemplar la situación social" no nace de una súbita sensibilidad humana, sino del temor al quiebre de la paz social, combustible indispensable para cualquier proceso económico estable.
Mientras el presidente Milei se refugia en tecnicismos farragosos para explicar lo inexplicable, el poder real —actores económicos y mediáticos— empieza a buscar alternativas de recambio. La Argentina se encuentra hoy en una encrucijada histórica: persistir en un ajuste recesivo que solo garantiza la desarticulación del Estado y la miseria popular, o recuperar las banderas de la independencia económica y la justicia social para reconstruir una nación que incluya a los 46 millones de argentinos. La interna en el gabinete es apenas el síntoma de un modelo que, al despreciar la producción nacional, ha quedado suspendido sobre un abismo de deuda y exclusión.
