Mar del Plata: El termómetro del desempleo en la era del ajuste estructural
La ciudad balnearia vuelve a encabezar los índices de desocupación, evidenciando el colapso del mercado interno y el desamparo de la industria nacional. Un modelo que privilegia el equilibrio fiscal de las cuentas externas sobre la mesa de las familias trabajadoras.
Históricamente, Mar del Plata ha funcionado como el espejo donde la Argentina proyecta sus auges y sus pesadillas. Hoy, esa imagen devuelve la crudeza de una crisis laboral que ya no es estacional, sino estructural. El incremento de la desocupación en el principal polo productivo de la costa bonaerense no es un fenómeno aislado, sino la consecuencia directa de una política económica que ha decidido amputar el consumo interno como vía para contener la inflación.
La parálisis se siente con especial fuerza en el Puerto y en el sector textil, dos pilares del entramado social marplatense. La apertura indiscriminada de importaciones y el tarifazo en los servicios energéticos han dejado a las pequeñas y medianas empresas (PyMEs) locales en un estado de vulnerabilidad absoluta frente a la competencia desleal y los costos fijos impagables. Lo que el dogma oficial denomina "saneamiento del mercado" es, en el territorio, el cierre de talleres y la pérdida de puestos de trabajo que difícilmente se recuperen en el corto plazo.
Detrás de las estadísticas de dos dígitos se esconde la erosión de la dignidad del trabajador. El empleo, aquel gran ordenador social que el peronismo situó como eje de la independencia económica, está siendo reemplazado por la precariedad o la asistencia mínima de un Estado que, paradójicamente, se jacta de su propia ausencia.
Esta crisis no es el resultado de una "tormenta perfecta", sino de una transferencia de ingresos planificada desde los sectores asalariados hacia el sector financiero y los grupos exportadores concentrados. Mientras la rosca política se distrae en los salones de la Capital, en los barrios de Mar del Plata se libra una batalla silenciosa por la subsistencia. Sin una defensa irrestricta de la producción nacional y una recuperación urgente del poder adquisitivo, el destino de la ciudad —y del país— quedará atado a la suerte de un modelo que solo cierra con exclusión y disciplinamiento social. La soberanía política, hoy más que nunca, empieza por defender el trabajo argentino.
