Cruzada civilizatoria y sumisión geopolítica: la deriva excluyente de Milei en Israel

Bajo la consigna del "choque de civilizaciones", el Presidente profundiza su alineación incondicional con el eje Washington-Tel Aviv. Un discurso que no solo rompe la tradición diplomática argentina, sino que busca legitimar el odio como herramienta de disciplinamiento social.

Cruzada civilizatoria y sumisión geopolítica: la deriva excluyente de Milei en Israel
Cruzada civilizatoria y sumisión geopolítica

En su reciente gira por Israel, Javier Milei ha escalado su retórica hacia un terreno peligroso: la afirmación de que existen culturas con las que la convivencia es imposible. Esta sentencia, lejos de ser un exabrupto, constituye el núcleo de una doctrina que importa conflictos ajenos para fracturar aún más el tejido social interno. Al abrazar la lógica de la exclusión, el Ejecutivo no solo rifa la soberanía política de una nación históricamente mediadora y pacífica, sino que establece un peligroso precedente de segregación ideológica y cultural.

Este discurso del "enemigo cultural" funciona como el complemento necesario para el ajuste económico. En un contexto de asfixia del salario y destrucción del empleo, la invención de un "otro" bárbaro —ya sea el migrante, el desposeído o el que profesa una fe distinta— sirve para canalizar el descontento social hacia la xenofobia. La historia nos enseña que el desprecio por la otredad es el preludio de la quita de derechos: si una cultura es "incompatible", sus integrantes dejan de ser sujetos de derecho para convertirse en objetivos de control.

En términos de independencia económica, esta alineación no es gratuita. Representa la entrega de nuestra autonomía estratégica a los intereses del complejo militar e industrial financiero global. Mientras el mundo tiende hacia la multipolaridad, Milei ancla a la Argentina a una visión de "Occidente" que ya no existe más que en los manuales de la guerra fría, subordinando las necesidades del pueblo trabajador a las urgencias geopolíticas de potencias extranjeras.

El peronismo, como doctrina de integración y hermandad universal, comprende que la paz es el fruto de la justicia. Convalidar la retórica del odio es aceptar la fragmentación de la Nación. Recuperar la dignidad nacional implica, hoy más que nunca, rechazar esta cruzada civilizatoria que solo ofrece soledad internacional y miseria doméstica.