El límite de la ficción digital: la realidad de los bolsillos derriba el relato oficial
Las internas del oficialismo exponen el desgaste de una gestión sostenida en el espectáculo de las redes sociales. Frente al desplome del consumo, el endeudamiento de las familias trabajadoras y el desfinanciamiento estructural, los sectores populares ensayan la resistencia mientras el peronismo reorganiza su fuerza.
La infalibilidad del relato digital ha comenzado a cruzar su propio límite. Las recientes y feroces batallas a cielo abierto entre el entorno presidencial y los armados legislativos oficialistas —relegadas por el propio Ejecutivo a una supuesta «trampa prefabricada»— no son más que el síntoma de un desgaste estructural: la palabra presidencial ya no clausura las discusiones. Lo que verdaderamente cruje no es el ecosistema de las redes sociales, sino las bases materiales de la vida cotidiana. Como sostiene el axioma político, la heladera le está ganando al celular.
El humor social no mutó por azar, sino por el impacto directo de un modelo de desposesión. Detrás de los festejos tecnocráticos por reactivaciones focalizadas en enclaves extractivistas —como la minería, el agro y la energía—, la economía real de las mayorías populares sufre una asfixia deliberada. El comercio, la industria nacional y la construcción siguen paralizados, destruyendo el empleo formal y empujando a las familias de la clase trabajadora a un endeudamiento desesperado para costear alimentos y servicios básicos.
La transferencia de recursos hacia el capital concentrado es explícita. Mientras el Palacio de Hacienda diseña beneficios impositivos y baja retenciones para las corporaciones agroexportadoras, condena al pueblo a una inminente quita de subsidios a los servicios públicos e intenta desmantelar programas de asistencia alimentaria fundamentales en el Conurbano. Esta contradicción expone las verdaderas prioridades del poder: dolarizar los excedentes y socializar las pérdidas.
Frente a esta intemperie social, el peronismo asume el desafío histórico de ordenarse y unificar sus demandas. La fragmentación actual solo funcionaliza la estrategia de distracción del Gobierno. El reordenamiento del campo nacional y popular no debe limitarse a la rosca dirigencial, sino a vertebrar la resistencia de la comunidad organizada y construir una alternativa sólida que recupere los principios de justicia social y soberanía económica. La sociedad, que ya no tolera el hambre como variable de ajuste, exige un Estado presente y protector frente a la crueldad del mercado.
