La mesa vacía: la inflación en alimentos registra su mayor salto desde el inicio del ciclo libertario
El incremento del 2,6% en la tercera semana de mayo sacude el relato oficial del "ancla inflacionaria". El violento aumento en carnes y verduras pulveriza los ingresos de la clase trabajadora y profundiza la vulnerabilidad social.
El indicador más sensible para la vida cotidiana de los sectores populares ha vuelto a exponer las grietas del modelo de exclusión. Durante la tercera semana de mayo, el precio de los alimentos y bebidas registró un avance del 2,6% respecto a la semana previa, marcando la aceleración más severa desde la megadevaluación impuesta por el gobierno de Javier Milei en diciembre de 2023. El dato derriba la pax cambiaria y de precios que el relato de la Casa Rosada intentaba consolidar, evidenciando que el disciplinamiento social mediante la recesión tiene límites estructurales.
La suba estuvo concentrada de manera dramática en consumos indispensables: las carnes treparon un 4,5% semanal y las verduras saltaron un 7,7%, explicando juntas más de la mitad del índice. También mostraron subas los productos de panificación y pastas (2,2%) y los lácteos (1,5%). Esta dinámica se produce en un escenario perverso de destrucción del mercado interno. El encarecimiento de la carne —histórico termómetro del bienestar argentino— no responde a un auge del consumo, sino a las tensiones de costos y a la desregulación de las cadenas productivas que priorizan la rentabilidad exportadora por sobre la seguridad alimentaria de la Nación.
Las consecuencias sociales son inmediatas. Mientras los grandes formadores de precios y los monopolios de la industria alimentaria resguardan sus márgenes de ganancia, el salario real de los trabajadores y los haberes jubilatorios quedan reducidos a variables de ajuste. La inflación en el plato de comida deteriora de forma acelerada la soberanía política del hogar trabajador, donde el acceso a los nutrientes básicos ya compite con el pago de tarifas de servicios públicos desbocadas.
Detrás de la mística del "déficit cero", el programa económico deserta de su rol de regulador y abandona a la sociedad a la ley del más fuerte. Al erosionar el poder adquisitivo de las mayorías populares, este esquema atenta directamente contra la independencia económica del país, transformando el derecho humano a la alimentación en un objeto de especulación financiera.
