Crueldad en la góndola: Mientras el Gobierno celebra planillas, los alimentos no dan tregua y el hambre se profundiza

El espejismo de la "baja de inflación" se choca contra la realidad de las mesas argentinas. En febrero, el costo de la comida volvió a acelerarse, empujado por la desregulación salvaje y la codicia de los monopolios formadores de precios. Se proyecta un 3% que castiga, como siempre, a los que menos tienen.

Crueldad en la góndola: Mientras el Gobierno celebra planillas, los alimentos no dan tregua y el hambre se profundiza
Crueldad en la góndola.

El espejismo de la "baja de inflación" se choca contra la realidad de las mesas argentinas. En febrero, el costo de la comida volvió a acelerarse, empujado por la desregulación salvaje y la codicia de los monopolios formadores de precios. Se proyecta un 3% que castiga, como siempre, a los que menos tienen.

Febrero cierra con un sabor amargo para las familias trabajadoras. Mientras desde los despachos oficiales de la Casa Rosada se intenta instalar un relato de "estabilización" y éxito macroeconómico, la realidad en los barrios populares y en las góndolas de los supermercados cuenta una historia muy distinta: comer es cada vez más difícil en la Argentina de la libertad de mercado.

Según los últimos relevamientos de consultoras privadas, la inflación de febrero se ubicaría en torno al 3%, pero con un dato alarmante que el oficialismo prefiere ignorar: el rubro de Alimentos y Bebidas volvió a mostrar una dinámica alcista que erosiona cualquier intento de recuperación del poder adquisitivo. Para el pueblo peronista y las corrientes de izquierda, este número no es una fría estadística de Excel; es la confirmación de que el ajuste lo siguen pagando los jubilados, los trabajadores precarizados y la economía popular.

La mano invisible que vacía los platos

Este repunte en el precio de los alimentos básicos no es obra del azar ni de leyes naturales de la economía. Es el resultado directo de un Estado en retirada que ha decidido abandonar su rol de árbitro y protector de los más débiles. La desregulación absoluta impulsada por el gobierno de Javier Milei le ha dado "vía libre" a los grandes formadores de precios —esas pocas empresas monopólicas que controlan la mesa de los 46 millones de argentinos— para remarcar a su antojo.

Sin Precios Cuidados, sin controles de stock y con una apertura de importaciones que solo beneficia a los grandes importadores, la soberanía alimentaria hoy es una utopía. La "mano invisible del mercado" parece tener una sola función: transferir los ingresos de los trabajadores hacia las cuentas bancarias de los sectores concentrados de la economía.

Una transferencia de recursos brutal

Lo que estamos viviendo es un saqueo planificado. Mientras la inflación general puede mostrar una desaceleración forzada por la recesión y el desplome del consumo (la famosa "paz de los cementerios"), los productos esenciales no bajan. La carne, los lácteos y las harinas siguen siendo el botín de guerra de un modelo que desprecia la dignidad humana.

El proyecto de la derecha es claro: una Argentina con salarios de miseria y precios internacionales. Para el peronismo progresista, esto es inaceptable. No hay "superávit fiscal" que valga si se construye sobre el hambre de los pibes y la angustia de los padres que no llegan a fin de mes.

La necesidad de volver a la Justicia Social

El 3% proyectado para febrero, impulsado por la comida, es un llamado de atención para las fuerzas populares. La economía debe estar al servicio del pueblo y no de la especulación financiera. Sin intervención estatal, sin una puja distributiva real y sin límites a la voracidad empresarial, el camino seguirá siendo la exclusión.

La patria no es una empresa, y el alimento no puede ser una mercancía sujeta a la timba de los "vivos" de siempre. La resistencia frente a este modelo de hambre se da en cada unidad básica, en cada comedor comunitario y en cada lugar de trabajo, exigiendo que la comida vuelva a ser un derecho y no un privilegio para pocos.