La crueldad del capital: 200 familias en la calle por la voracidad de Marfrig y el ajuste de Milei
Bajo el amparo de las políticas de hambre del gobierno nacional, la multinacional brasileña que produce los históricos "Paty" profundiza su plan de ajuste en la planta de San Jorge. Mientras el consumo de carne cae a niveles históricos, la empresa descarga la crisis sobre las espaldas de los trabajadores.
Bajo el amparo de las políticas de hambre del gobierno nacional, la multinacional brasileña que produce los históricos "Paty" profundiza su plan de ajuste en la planta de San Jorge. Mientras el consumo de carne cae a niveles históricos, la empresa descarga la crisis sobre las espaldas de los trabajadores.
La crisis que atraviesa la clase trabajadora argentina sumó un nuevo y doloroso capítulo en la provincia de Santa Fe. La multinacional Marfrig, dueña de la emblemática marca de hamburguesas Paty, ha decidido avanzar con el despido de casi 200 compañeros en su planta de San Jorge. Esta medida no es un hecho aislado, sino la consecuencia directa de un modelo económico que prioriza la timba financiera y la exportación primaria por sobre la mesa y el trabajo de los argentinos.
Desde la asunción del proyecto de entrega que encabeza Javier Milei, el mercado interno ha sido dinamitado. Con salarios pulverizados y una inflación que no da tregua en los alimentos básicos, el pueblo ha dejado de consumir, provocando un parate en la producción que las grandes empresas aprovechan para "limpiar" sus plantillas y flexibilizar de hecho las condiciones laborales.
El cinismo empresarial
La situación en la planta de Quickfood/Marfrig es desesperante. Tras meses de incertidumbre, donde la empresa intentó disfrazar el ajuste bajo la figura de "retiros voluntarios" —que no son más que despidos encubiertos bajo presión—, la patronal decidió quitarse la careta. Los 200 despidos actuales se suman a una sangría constante de puestos de trabajo que pone en riesgo el sustento de toda la comunidad de San Jorge.
Resulta inadmisible que una corporación transnacional, que ha acumulado ganancias extraordinarias durante años gracias al esfuerzo de la mano de obra argentina, decida hoy descartar a los trabajadores como si fueran piezas de repuesto. Para el capital concentrado, el trabajador es un costo; para el peronismo y el campo nacional y popular, el trabajo es el gran ordenador social y el único camino hacia la dignidad.
Un modelo de miseria planificada
No es casualidad que esto ocurra mientras se celebra el "superávit" a costa del hambre de los jubilados y la paralización de la industria nacional. La caída estrepitosa del consumo de carne —hoy en los niveles más bajos de las últimas décadas— es el síntoma de una Argentina que retrocede. Si el pueblo no tiene para comer, las fábricas no tienen a quién venderle; es el círculo vicioso del neoliberalismo que siempre termina con los platos rotos en las casas de los más humildes.
Desde el sindicato y las organizaciones sociales se ha denunciado que la empresa busca aprovechar el clima de desregulación para imponer condiciones de trabajo más precarias. La "Libertad" que pregona el oficialismo parece ser, en realidad, la libertad de los poderosos para oprimir y la libertad de los trabajadores para quedarse en la calle.
Organizar la resistencia
Frente a la insensibilidad de la patronal y la ausencia total de un Estado que proteja a los suyos, la única salida es la unidad y la organización. La lucha de los compañeros de San Jorge es la lucha de todo el movimiento obrero. No podemos permitir que la crisis sea la excusa para el desguace de nuestra soberanía alimentaria y la destrucción del tejido social.
Es imperioso que las fuerzas políticas populares y los gremios exijan la inmediata intervención del Ministerio de Trabajo (hoy convertido en una escribanía de las empresas) para frenar esta sangría. En la Argentina que soñamos, las empresas tienen una responsabilidad social y el Estado tiene el deber ineludible de garantizar que ninguna familia se quede sin pan.
