El plan de miseria planificada que vacía las fábricas y las mesas argentinas

La recesión no es un accidente, es una herramienta de disciplinamiento social. Ante el desplome vertical del consumo, los grandes grupos industriales y las cadenas de supermercados ya descuentan una nueva ola de despidos. Mientras el Gobierno celebra la "limpieza" del mercado, el pueblo trabajador pone el cuerpo y el futuro.

El plan de miseria planificada que vacía las fábricas y las mesas argentinas
El plan de miseria planificada.

La recesión no es un accidente, es una herramienta de disciplinamiento social. Ante el desplome vertical del consumo, los grandes grupos industriales y las cadenas de supermercados ya descuentan una nueva ola de despidos. Mientras el Gobierno celebra la "limpieza" del mercado, el pueblo trabajador pone el cuerpo y el futuro.

Lo que el manual neoliberal denomina "enfriamiento de la economía", para el pueblo argentino es, lisa y llanamente, un ataque directo al corazón de la Patria: el trabajo digno. En un escenario de crueldad sistémica, los sectores industriales y las grandes cadenas de comercialización han comenzado a "resignarse" —término elegante para evitar hablar de complicidad o capitulación— a una recesión que ya no tiene piso y que amenaza con arrasar lo que queda del aparato productivo nacional.

Los datos que circulan en las cámaras empresariales son un certificado de defunción para el bienestar popular. Con el consumo interno herido de muerte por la licuación de los salarios y el fin de la obra pública, la consecuencia lógica de este modelo de exclusión es la pérdida de miles de puestos de trabajo. Para la doctrina peronista, donde hay una necesidad nace un derecho; para este modelo de saqueo, donde hay un trabajador, hay un "costo" que eliminar.

El desguace del aparato productivo

Estamos ante un industricidio programado. Las pequeñas y medianas empresas (PyMEs), que son las principales generadoras de empleo genuino, se encuentran entre la espada de los tarifazos eléctricos y la pared de la caída de ventas. Sin mercado interno no hay industria, y sin industria no hay soberanía.

La "resignación" de los capitanes de la industria ante los despidos no es más que la aceptación de un país para pocos. Mientras las terminales automotrices y las textiles apagan sus máquinas, se consolida una transferencia de recursos brutal: el esfuerzo del laburante termina financiando la timba financiera de los sectores concentrados que hoy dictan la política económica desde las sombras.

Supermercados: Góndolas llenas, heladeras vacías

La situación en los supermercados es el termómetro del hambre. La caída en las ventas de productos esenciales —leche, carne y pan— marca el fracaso de cualquier política que se jacte de "exitosa". No hay estabilidad posible sobre el hambre de los pibes.

Los grandes formadores de precios, que durante meses especularon con el valor de la comida, hoy se enfrentan a un monstruo que ellos mismos ayudaron a crear: una recesión tan profunda que ya nadie puede comprar. Pero la variable de ajuste nunca es su tasa de ganancia; la variable de ajuste siempre es el compañero que se queda sin su fuente de sustento en la línea de cajas o en el depósito.

La resistencia por la Justicia Social

Entendemos que este escenario no se resuelve con "paciencia", como pide el oficialismo. La economía es una ciencia social, y su único fin debe ser la felicidad del Pueblo. El actual rumbo económico, que celebra el superávit fiscal mientras se multiplican las ollas populares, es una afrenta a la dignidad humana.

La soberanía nacional está en peligro cuando el trabajo deja de ser el gran ordenador social. La "libertad" de la que hablan es la libertad de despedir, la libertad de cerrar fábricas y la libertad de pasar hambre. Frente a esto, la respuesta debe ser la organización popular y la exigencia de un Estado que intervenga para frenar la sangría de despidos y reactivar el consumo de los que menos tienen.