La industria textil frente al abismo: cuando liquidar el stock es el último grito de supervivencia
El cierre de persianas y la caída libre del consumo han dejado de ser proyecciones estadísticas para convertirse en el paisaje cotidiano de la Argentina bajo el dogma libertario. El reciente anuncio de una de las principales marcas de indumentaria del país, que ha decidido rematar su sobrestock acumulado ante la imposibilidad de sostener los costos de almacenamiento y la nula rotación de mercadería, funciona como un síntoma de una enfermedad estructural: la asfixia del mercado interno y el desmantelamiento de la cadena de valor nacional.
Lo que desde una óptica de mercado se presenta como una "oportunidad de ahorro" para el consumidor, esconde en realidad el drama de la capacidad instalada ociosa y la ruptura del círculo virtuoso de la producción. En el sector textil, gran dinamizador de empleo y motor de las economías regionales, el esquema de apertura comercial indiscriminada y tarifazos energéticos ha generado una "pinza" mortal. Por un lado, el derrumbe del poder adquisitivo de los sectores populares y medios imposibilita la demanda; por el otro, la competencia desleal de importaciones —sin un Estado que proteja el trabajo argentino— liquida cualquier horizonte de inversión.
Soberanía productiva en jaque
Detrás de las prendas sin vender, se encuentran los rostros de miles de costureros, diseñadores y operarios logísticos cuyo sustento pende de un hilo. La decisión de liquidar stock a pérdida no es una estrategia de crecimiento, sino un manotazo de ahogado para cancelar deudas y evitar el colapso financiero inmediato. Este escenario favorece únicamente a los grandes actores del capital financiero y a los importadores netos, quienes esperan el desguace definitivo de las PyMEs locales para consolidar un modelo de "país plataforma" de servicios y exportador de materias primas, sin densidad industrial.
Sin independencia económica para regular el comercio exterior ni justicia social para recomponer el salario, el destino de la producción nacional parece quedar librado a la voluntad del "libre mercado", un eufemismo que hoy solo traduce la ley del más fuerte. La crisis textil no es un fenómeno aislado; es la consecuencia política de un modelo que considera al trabajo un costo y al consumo popular una anomalía a corregir.
