El saqueo tarifario: La inflación real asfixia al pueblo mientras el Gobierno maquilla las estadísticas
Bajo el amparo del "déficit cero", la gestión de Javier Milei desata una transferencia de recursos sin precedentes desde los trabajadores hacia las empresas energéticas. Aunque el INDEC intente mostrar una desaceleración, el costo de vida en los barrios populares se dispara por el peso de los servicios básicos.
Bajo el amparo del "déficit cero", la gestión de Javier Milei desata una transferencia de recursos sin precedentes desde los trabajadores hacia las empresas energéticas. Aunque el INDEC intente mostrar una desaceleración, el costo de vida en los barrios populares se dispara por el peso de los servicios básicos.
La realidad de la calle y las planillas de Excel de Luis Caputo parecen habitar universos paralelos. Mientras el discurso oficial celebra una supuesta "doma" de la inflación, la clase trabajadora enfrenta un nuevo embate de los tarifazos salvajes en gas, luz y agua. Esta presión sobre los precios regulados no solo recalienta el clima social, sino que pone en evidencia la trampa estadística de un IPC que ya no alcanza a reflejar el calvario cotidiano de las familias argentinas.
El "maquillaje" del INDEC y la canasta de supervivencia
El índice general de precios puede mostrar una tendencia a la baja, pero es una verdad a medias que esconde una injusticia profunda. La metodología del IPC actual diluye el impacto de las tarifas al promediarlas con bienes de consumo que el pueblo, sumergido en la recesión, ya no puede adquirir.
Para un trabajador formal o un jubilado que destina más del 30% de sus ingresos solo a pagar la luz y el gas, la inflación no "baja"; se transforma en una herramienta de despojo. Estamos ante una inflación de clase: los sectores más vulnerables son los que más sufren la actualización de precios regulados, mientras el Gobierno utiliza el "ancla salarial" para pisar los haberes de quienes producen la riqueza del país.
Transferencia de ingresos: Ganadores y perdedores
Detrás de cada aumento de tarifa hay un nombre propio en los directorios de las grandes empresas energéticas. El modelo de Milei no busca la eficiencia, sino garantizar la rentabilidad en dólares de los monopolios amigos del poder. Lo que el Estado deja de subsidiar no desaparece, sino que se transforma en una deuda interna: el pueblo deja de consumir alimentos, medicamentos y vestimenta para financiar las ganancias extraordinarias de las prestadoras de servicios.
Este ajuste ortodoxo y cruel ignora que la energía es un derecho humano y un insumo básico para la soberanía productiva. Al encarecer los costos fijos de las pequeñas y medianas empresas (PyMEs), el Gobierno no solo genera inflación por costos, sino que empuja al cierre de fábricas y al aumento del desempleo, cerrando un círculo vicioso de miseria planificada.
La soberanía energética al servicio de la casta corporativa
Es imperativo señalar que esta política de precios desregulados rompe el contrato social. El peronismo progresista entiende que las tarifas deben estar vinculadas a la capacidad de pago de los argentinos y no a las necesidades de ajuste del FMI.
Mientras el Gobierno nacional se desentiende de la mesa de los argentinos, la presión de los regulados actúa como una mecha encendida. No hay estabilidad macroeconómica posible sobre un cementerio de industrias y hogares a oscuras. La verdadera batalla contra la inflación no se gana con dibujos estadísticos, sino con justicia social, defendiendo el poder adquisitivo y poniendo freno a la voracidad de los grupos concentrados que hoy dictan la política económica desde las sombras de la Casa Rosada.
