Internas en el Palacio y deterioro social: la ficción digital no logra frenar la caída
Detrás de las disputas entre Karina Milei y Santiago Caputo por el control del relato oficial, la crisis económica desgasta la imagen presidencial y deja al descubierto los límites de la propaganda frente al sufrimiento popular.
La reconfiguración del aparato comunicacional de la Casa Rosada —que desplazó a Santiago Caputo en favor de la estructura partidaria conducida por Karina Milei y el realizador Santiago Oría— no representa un mero reordenamiento técnico. Constituye la expresión visible de un régimen que, ante la erosión inexorable de su consenso social, busca blindar su narrativa mediante el hipercontrol digital y la estetización del ajuste.
El despliegue de setenta operadores destinados a la producción de contenidos no alcanza para amortiguar el impacto del programa económico sobre las mayorías. La transferencia constante de recursos desde los sectores asalariados hacia los bloques financieros, el desmantelamiento de la producción nacional y el aumento acelerado del desempleo desgastan la pretensión libertaria de subordinar la realidad material a la construcción algorítmica. La política reducida a un espectáculo de redes sociales choca de frente con la cotidianeidad de las familias trabajadoras, donde la pérdida del poder adquisitivo y el deterioro del tejido comunitario no pueden ser disimulados con recursos audiovisuales ni campañas de troleo.
Las disputas intestinas por el manejo del organigrama oficial y el repliegue de los núcleos de agitación digital exponen la fragilidad de un proyecto que subordinó la soberanía política y la independencia económica a los intereses del capital transnacional. Cuando la gestión estatal se despoja de toda función distributiva para operar únicamente como garante de la rentabilidad financiera, el conflicto de intereses entre los propios grupos de poder se agudiza.
Históricamente, los modelos de reestructuración regresiva han intentado suplir la ausencia de justicia social mediante la fragmentación del movimiento obrero y la saturación mediática. Sin embargo, la experiencia histórica argentina demuestra que la legitimidad de un gobierno no se sostiene en la sofisticación de sus usinas de propaganda, sino en la capacidad concreta de garantizar el bienestar material y los derechos fundamentales del pueblo. En la distancia insalvable entre el relato de las usinas oficiales y la recesión del país real radica la verdadera crisis del esquema gubernamental.
