El "termómetro social" de San Cayetano: la Iglesia advierte sobre la asfixia del trabajo y la pretensión del libre mercado
Ante una multitud congregada en Liniers, el arzobispo Jorge García Cuerva cuestionó que la libertad económica sea absoluta. Alertó sobre el pluriempleo, el endeudamiento familiar para comer y el abismo entre la dirigencia y el sufrimiento popular.
La festividad litúrgica de San Cayetano volvió a erigirse como la caja de resonancia más fiel de las fracturas estructurales de la Argentina golpeada por el ajuste. En un contexto marcado por el deterioro del salario y la movilización de centrales sindicales y movimientos sociales, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, dejó una sentencia que desarma las planillas del Palacio de Hacienda: el testimonio de las familias trabajadoras "es el mejor termómetro social de lo que está pasando".
Lejos de una mera apelación abstracta a la caridad, la homilía del prelado expuso el impacto cotidiano del programa económico sobre las mayorías populares. Al afirmar categóricamente que "la libertad económica no puede ser absoluta", la máxima autoridad eclesiástica porteña cuestionó el dogma de la desregulación a ultranza, recordando que toda actividad del mercado debe subordinarse al bien común y a la dignidad humana.
El diagnóstico planteado desde el altar de Liniers problematiza tres fenómenos críticos del entramado social:
- Precarización y pluriempleo: La pérdida del poder adquisitivo obliga a los trabajadores a sostener dos o más empleos para intentar cubrir la canasta básica, degradando la fuerza laboral a una mera mercancía de descarte.
- Financiarización de la pobreza: El aumento desmedido de tarifas y transporte público impulsa a las familias a recurrir a créditos de consumo con tasas usurarias, endeudándose no para capitalizarse, sino para garantizar el sustento diario.
- Lógica de mercado vs. justicia social: Evocando el pasaje bíblico de los panes y los peces, el arzobispo contrapuso la insensibilidad de la especulación a la urgencia de reconstruir un Estado presente, advirtiendo sobre una clase dirigente que "se da la buena vida" mientras desconoce la realidad de quienes revuelven la basura.
La intervención de la Iglesia católica en la emblemática "Misa de los Trabajadores" excede el marco del culto religioso. Se inscribe en la histórica doctrina social que ubica al trabajo como ordenador central de la vida comunitaria y garantía indiscutible de la soberanía política. Frente al repliegue de los derechos laborales y el avance de la indigencia, la interpelación formulada desde San Cayetano desnuda el límite del ajuste: la paz social no se edifica sobre planillas de superávit financiero, sino sobre la efectiva vigencia de la justicia social.
