Paradoja extractivista: Vaca Muerta récord en un país con el consumo en terapia intensiva

El modelo de enclave que impulsa la gestión de Milei consolida una Argentina de dos velocidades: mientras las divisas del sector energético fluyen hacia el exterior, el mercado interno se desploma y las familias trabajadoras enfrentan una crisis de subsistencia inédita.

Paradoja extractivista: Vaca Muerta récord en un país con el consumo en terapia intensiva
Paradoja extractivista

La realidad económica argentina actual se resume en una contradicción lacerante. Por un lado, Vaca Muerta alcanza niveles históricos de extracción y exportación, celebrados en los balances de las grandes operadoras y en los despachos oficiales. Por el otro, el consumo doméstico —el histórico motor de la movilidad social ascendente— se encuentra "muerto". Esta disociación no es un error de cálculo, sino el corazón de un proyecto político de primarización y transferencia brutal de recursos desde los sectores populares hacia el capital concentrado.

La política de precios "a paridad de exportación" ha transformado un recurso soberano en un bien de lujo. Al desvincular el costo de la energía de la realidad productiva nacional, el Gobierno no solo pulveriza el poder adquisitivo de los salarios, sino que condena a la pequeña y mediana industria al cierre definitivo. Estamos ante un modelo de "independencia económica" invertida: el país entrega sus bienes comunes para alimentar la rentabilidad transnacional, mientras el pueblo argentino padece pobreza energética en el territorio que genera la riqueza.

Este escenario revela una disputa de poder desigual. El Estado ha renunciado a su rol de planificador para convertirse en un facilitador de negocios de enclave. Los actores beneficiados —el "círculo rojo" energético y los fondos de inversión— operan bajo una lógica de saqueo que prescinde del entramado social. En este esquema, el trabajador es solo un costo a reducir y el ciudadano, un consumidor descartable que ya no puede acceder a lo básico.

Recuperar la soberanía política implica, necesariamente, entender que no hay desarrollo nacional posible sin un mercado interno robusto y una energía puesta al servicio de la producción y el bienestar general. La "vaca" puede estar viva y ser más muerta que nunca para el proyecto de país, si su único destino es financiar la fuga y el ajuste, dejando a su paso un tendal de exclusión y desindustrialización.